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Los decoradores del aire
Una pequeña biografía de la perfumería
Los expertos afirman que el perfume debe frotarse sobre la piel
recién enjuagada de las zonas más cálidas del
cuerpo, en los pliegues del cuello y las muñecas, en las
intersecciones a las que la sangre llega aún caliente, para
que la silenciosa fragancia adopte el ritmo de sus latidos.
El perfume, agregan, agranda el círculo de influencia del
perfumado con un mensaje sólo destinado a aquellos privilegiados
que pueden introducirse en su entorno reducido. Si el perfume es
de buena calidad, mantendrá su voluntad de vida a través
de las horas, quedará suspendido, aguantando su caída
con el estoicismo de un caballero, en un ascensor, en un automóvil
o en un pasillo, como prueba irrefutable del paso reciente del cuerpo
que lo viste y le da vida.
La más íntima de las joyas es el sello de un nombre,
la marca de un estilo propio y de un grupo de pertenencia, una manera
de plantarse y de hablar sin decir palabra. Es una herramienta fundamental
en el precioso arte de la coquetería.
Esta serie de micro acontecimientos nace con la experiencia de
perfumarse, que es un goce para ser compartido y que, a su vez,
comienza mucho antes del helado ffffffshsh!! que convierte el líquido
ambarino en gotas microscópicas.
Todo esto comienza con la aventura de entrar a la espejada paz
de un negocio glamoroso a elegir, como a los amores o a los amigos,
cuál de todos es el mejor perfume para uno, incluídos
los colores de la caja y la forma del frasco.
El cotidiano y a la vez sofisticado acto de envolverse en un halo
de olor artificial, tan delicado e intenso como lo conocemos hoy,
es consecuencia de la lenta maduración de una actividad ancestral:
la perfumería, y de las vicisitudes profesionales de sus
protagonistas: los perfumistas, de quienes hacia el final de este
artículo presentamos dos casos excepcionales.
Del oficio al arte de los perfumistas
Según los investigadores, el origen de la perfumería
fue religioso e incierto. Sus primeras huellas se pierden en remotas
ciudades orientales. De ahí las prácticas pasaron
a Egipto, donde quedaron papiros y los bajos relieves de las tumbas
como única prueba. Heródoto habría dado pormenores
acerca de los aceites vegetales y las plantas odoríferas.
Plinio, el naturalista indicó un procedimiento para extraer
las esencias de ciertas materias vegetales.
Lo cierto es que esta historia, de los antiguos a la millonaria
industria de la perfumería y el marketing global, giró
siempre en torno al mismo problema: una batalla cuerpo a cuerpo
contra el hecho de que el mundo de los olores es irremediablemente
efímero. Tanto como el humo, de donde proviene su nombre
( del latín per fumun: a través del humo).
Desde aquel principio difuso todos los esfuerzos se centraron en
extractar las esencias últimas y en combinarlas en exquisita
proporción, pero después, y sobre todo, en lograr
que esa fragancia trabajosamente lograda resista, cada vez un poco
más, el efecto diluyente del tiempo.
Paralelamente, la importancia de este arte en cada sociedad es
también la crónica del más desplazado y bajo
de los sentidos, y la prueba de que el imperio de la imagen no siempre
fue absoluto ¿Qué porcentaje del deseo pertenece al
olfato? Los testimonios coinciden en admitir que el mundo privado
romano, por ejemplo, fue más perfumado que el medieval.
Primero con la alquimia, introducida en Europa por los árabes,
y luego con los descubrimientos de la química, ya durante
el Renacimiento, el prensado deja lugar a la destilación,
que permite separar las partes menos volátiles de las plantas.
La obtención de productos aromáticos mediante la síntesis
es el último paso, al permitir la creación de olores
artificiales, con lo que queda cubierto el principal desafío
de la industria perfumista moderna: la estabilidad de los olores,
o sea, su durabilidad.
Artículo lujoso producto del lujo, su germinación
inicial encontró lo necesario en las sofisticaciones de la
sociedad francesa, más específicamente de la aristocracia
parisina de los siglos XIV y XV, bajo el amparo de importantes concesiones
corporativas al gremio de los artesanos perfumistas, otorgadas sucesivamente
por Felipe Augusto II, Juan II, Enrique III y Luis XIV. Un sector
convenientemente subvencionado por el Estado.
La naturaleza no posee perfumes sino olores: a limón, a
menta, a tierra. El perfume es un olor artificial, apartado de las
cosas, una fragancia con nombre propio, producto de una combinación
humana. La radicalización de este divorcio coincide con la
etapa moderna de la perfumería, signada por el auge de las
"grandes narices", los perfumistas modistas, y la aparición
del mercado en el que comenzarán a circular sus creaciones,
más emparentado con el ocio del arte que con la funcionalidad
de las mercancías tradicionales.
La perfumería moderna
Durante las primeras décadas del siglo XX, asociada a otros
mercados de gran poder y en pleno ascenso como el de la alta costura
y la moda, la industria del perfume sufre una violenta transformación,
ya no relacionada con sus técnicas de producción,
sino con su ingreso a una dimensión en la que el valor comienza
a depender del status asociado a ciertas imágenes.
Otros elementos se vuelven importantes: el frasco, su envoltorio,
la publicidad de su entorno, y los perfumistas se unen a grandes
nombres de la vidriería como Lalique, Baccarat o Héctor
Guimart, que diseña frascos para Maillot. En 1911, al diseñador
Paul Poiret se le ocurre lanzar un perfume para completar su línea
de ropa, pero es "Mademoiselle" Gabrielle Chanel, en 1921,
quien comercializa esta idea y lanza su N5, que se convierte en
el producto estrella del negocio (promocionado por Marilyn Monroe
y Catherine Deneuve) y en una verdadera renta para la casa madre
( llegó a representar el 5% del marcado mundial).
Hoy el sector es dominado por grandes grupos multinacionales. Desde
la presentación del Poison, de Dior, en 1987, todo lanzamiento
(más de cien anuales) ha de ser a escala planetaria (con
gastos publicitarios de más de 20 millones de dólares,
como el caso de Cartier o Lancôme), y hacia fin de año,
coincidiendo con las fiestas navideñas. La dinámica
signada por la competencia llevó a explotar otros nichos
antes vírgenes, como el de los perfumes masculinos, y recientemente
(con mucho éxito) los infantiles.
Así L'Oréal, por ejemplo, con el segundo lugar en
volumen de negocios en perfumería (1.200 millones de dólares
en 1998, tras el grupo americano Estée Lauden), es el campeón
francés del perfume y la cosmética, con la fabricación
y distribución de las marcas Lancôme, Ralph Lauren,
Cacharel, Guy Laroche, Giorgio, Armani, Paloma Picasso y Lanvin.
Justo detrás: Louis-Vuitton-Moët-Hennessy (LVMH), propietario
de Christian Dior, Guerlain, Givenchy y Kenzo, con un volumen de
negocios que ronda los 1.000 millones de dólares.
La última novedad es la entrada al negocio de los fabricantes
de productos detergentes, como el caso de los americanos Procter
& Gamble, Unilever y Johnson & Jonson, tentados por completar
su gama cosmética ascendiendo a la lujuriosa cúspide
del mercado, y dispuestos a desplegar técnicas de venta masivas
en supermercados y grandes shoppings, totalmente diferentes de las
de los grandes perfumistas (ente ellos, Jean-Paul Gerlain), inclinados
por la distribución selectiva.
Dos perfumistas franceses
Ahora, brevemente, presentamos a los lectores la vida de dos grandes
perfumistas franceses. Uno de ellos se llama Jean-Paul Guerlain,
y es un personaje real, contemporáneo, heredero de una tradición
familiar que comienza en 1828 su lejano tatarabuelo Pierre-Francois-Pascal
Guerlain, al abrir un pequeño negocio de colonias y perfumes
sobre la Rue de Rívoli, en París.
El otro perfumista es Jean-Baptiste Grenouille, un cruel asesino
de jovencitas nacido no lejos de allí, en el maloliente Cemetiére
des Innocents un siglo antes, la calurosa tarde del 17 de julio
de 1738. Claro, vale la aclaración, este último es
un personaje literario creado por el gran escritor Patick Suskind
en la conocida novela denominada El Perfume, que más allá
de ser una historia atrapante, resulta una enciclopedia de temas
y sensaciones relacionadas con el mundo de la perfumería.
Ambos perfumistas, uno en la realidad y el otro en la ficción,
fueron los mejores de su época.
La infancia de Jean-Paul Guerlan fue sin duda mejor que la de Grenouille.
Aquel, de carne y hueso, nace en 1937 en una rica familia de cinco
generaciones dedicadas al negocio internacional del perfume, al
que es introducido por su padre a los 18 años. En cambio
a Grenouille (que significa sapo, en francés) le toca una
madre que lo aborrece e intenta matarlo. Por esta razón la
condenan y la decapitan en la Place de Greve. Así Grenouille
termina en manos de una serie de nodrizas, quienes al conocerlo
(era demasiado voraz, y mamaba por dos) también terminan
aborreciéndolo.
"Los perfumes se crean para la mujer que se ama", le
dijo su abuelo al joven y real Jean-Paul Guerlain, quién
en 1975, poco después de convertirse en el flamante director
creativo de la legendaria empresa familiar, creo Parure, en honor
a su madre; Chant lo diseño en 1967, para la madre de su
hijo, y Nahema en 1979, para Catherine Deneuve. Por eso, cuando
le preguntan cuál es su olor preferido, Jean-Paul no duda
en responder: "el de la mujer que deseo".
En su orfanato, el bastardo Jean-Baptiste pronto fue odiado por
sus desconfiados compañeritos, quienes lo veían como
una "pequeña y obstinada garrapata", que inspiraba
el mismo asco "que una araña gorda a la que no se quiere
aplastar con la mano". Ellos también intentaron deshacerse
de él, ahogándolo una noche bajo una almohada, pero
Grenouille es como una bacteria resistente y logra sobrevivir, a
eso y al sarampión, la disentería, a una caída
de seis metros en un pozo y a "una terrible escaldadura en
el pecho con agua hirviendo", que lo dejan lleno de cicatrices,
costras y un pie algo estropeado.
A los 65 años Guerlain declaró que podía reconocer
hasta 3.000 tipos distintos de olores, aunque dijo que "igual
que el músico o el pintor, también en este oficio
el aprendizaje es indispensable en el ejercicio de la memoria olfativa".
El inodoro Grenouille, por el contrario, no necesitó ejercicio
alguno: todo estaba dentro suyo, su extraordinaria capacidad olfativa
era innata, y pronto el lenguaje corriente para designar olores
le resultó insuficiente, porque él no olía
a madera, sino a clases de madera, arce, roble, pino, a madera vieja,
podrida o musgosa, como cosas totalmente diferentes. La desproporción
entre la riqueza del mundo percibido por el olfato, y la pobreza
del lenguaje lo hicieron dudar del sentido de la lengua, y aislarse
del mundo de los humanos, hasta perder toda moral y toda consideración
por los demás, e iniciar un viaje interior que lo lleva a
descubrir que la fragancia suprema, la belleza pura, se esconde
en el cuerpo inocente de las mujeres vírgenes.
"Cuando se apaga la luz ¿qué queda de la mujer
que está a nuestro lado?", se pregunta Guerlain en un
reportaje. Y responde: "La sensualidad de su voz, pero sobre
todo su perfume". A los ojos de las mujeres, Grenouille es
deforme y repulsivo, así que como venganza, sus magistrales
invenciones no están hechas en su honor, sino a partir de
sus fluidos corporales.
A Guerlain el dinero no le interesa para invertir en acciones,
sino para comprar arte. A Grenuille no le interesa en absoluto.
Para Guerlain, Yves Saint-Laurent fue uno de los grandes genios
franceses del siglo XX. Grenouill lo fue, en el siglo XVIII. En
1998 Guerlain creó el Guerlinade, de edición limitada,
para conmemorar el bicentenario de la compañía familiar.
En 1757 Grenouille inventó una extraña fragancia,
el perfume más poderoso de todos los tiempos, capaz de subyugar
la voluntad de quien lo huele. Jean-Paul Guerlain se retiró
de la industria del perfume el 9 de enero de 2002. Para conocer
la retirada de Jean-Baptiste Grenouill, invitamos al lector a continuar
su lectura con la novela El Perfume.
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